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No son las normas, es la cultura

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Los valores de una institución no son las palabras grabadas en una placa metálica al ingreso de su edificio institucional, sino el reflejo práctico de las palabras, acciones, actitudes  y compromisos de todos sus miembros. Como tal, depende poco de lo que aparece en los manuales o códigos de conducta, y mucho del ejemplo de los pares y consistencia de las señales que dan quienes ocupan puestos de liderazgo. Los valores son la expresión de la cultura de una organización, y una de las facetas más importantes del liderazgo es su rol en la construcción de dicha cultura.

En el caso de Carabineros, cuando la gran mayoría de la institución ve cómo parte de su alto mando hace mal uso de recursos institucionales, en ocasiones apropiándose de ellos, la señal cultural que mana hacia las bases es que usar dichos recursos para hacer una pasada es una oportunidad que no se debe desaprovechar. Del mismo modo, las redes de protección y obstrucción a la investigación de fraudes que han construido los altos mandos entrega una señal de que ante problemas, errores o delitos, el manipular evidencias es algo aceptable. Así lo vimos en el caso Huracán y lo vemos hoy en los acontecimientos que rodean la muerte de Camilo Catrillanca.

Más allá de lo que digan leyes, normas o protocolos, cuando lo que no se debiera permitir está  culturalmente aceptado, nos encontramos frente a instituciones en las que es difícil confiar. La de Carabineros, entonces, es principalmente una crisis cultural. Por esto, la solución definitiva no se reduce a cambiar la cabeza de la institución -más allá de que la realidad política y la responsabilidad de mando así lo obligue-, sino a intervenir y cambiar profundamente la cultura.

Cuando algo como lo que ha ocurrido en Carabineros tiene lugar en una empresa, son sus accionistas, a través del directorio, quienes asumen el deber de redefinir la cultura corporativa y hacerse parte del proceso de cambio, incorporando asesoría externa y realizando modificaciones en los liderazgos. Cuando esto sucede en una institución pública, es el poder político el que debe intervenir la institución y definir transparentemente cuál es la nueva cultura deseada, haciéndose responsable de que esta se implemente.

Tanto en casos privados como públicos, cuando la crisis es de la magnitud de la que estamos observando, el primer paso siempre es doloroso: instaurar lineamientos claros y controles efectivos, instancias anónimas de denuncia y supervisión externa; apostar por el liderazgo basado en el ejemplo, entendido como la coherencia entre lo que se dice y hace; investigar profundamente hasta llegar a la verdad; sancionar y/o desvincular a quienes transgredan las directrices, sin importar su nivel jerárquico. Luego, a través de procesos de formación, comunicación permanente y de dos vías y evaluaciones, asegurarse de que los funcionarios en terreno sean capaces de transmitir con sus actos, los valores que la institución representa y aquellas prácticas que desea erradicar.

Chile necesita volver a confiar en Carabineros, y para ello, Carabineros debe volverse un ejemplo de cultura de integridad.

Paula Valenzuela P.

Gerente General

Fundación Generación Empresarial

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