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Consistencia y ejemplo: armas efectivas contra la corrupción. Columna de Nicholas Davis, Vicepresidente de Fundación Generación Empresarial, en el Diario Financiero

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  • Recientemente fueron publicados los resultados de un estudio anual sobre fraude, realizado por Ernst & Young, donde se indaga en los diferentes tipos de este delito a través de entrevistas a altos ejecutivos de 57 países del mundo. Este 2016, el informe arroja para Chile noticias agridulces.

    En lo preocupante, la percepción de la existencia de corrupción y/o soborno en la propia industria de los consultados subió de 37% a 54% en dos años. Un 20% de los ejecutivos afirmó que los sobornos para ganar contratos son comunes y el 18% justificó pagos no éticos para lograr negocios, ubicándonos más cerca del final de la tabla y bastante lejos de los países desarrollados en estos indicadores. Aun así, seguimos siendo los mejores de la región.

    En lo positivo, los ejecutivos chilenos resultaron reacios a justificar algunas medidas tomadas con el fin de mejorar resultados financieros, tales como flexibilizar políticas de cambio de productos (10%), extender los períodos de reporte (8%), cambiar los supuestos ex post (4%) o antedatar un contrato (2%). Con un 84% de los ejecutivos consultados asegurando que ninguna de las políticas anteriores es aceptable, nos ubicamos en el sexto lugar mundial.

    Pareciera ser, mirando con detención el estudio, que los ejecutivos chilenos actúan con extraordinario rigor, honradez y excelencia en lo que se refiere a la gestión de sus empresas. Pero tal rectitud se ve puesta a prueba cuando se trata de relaciones con otros actores, empresas o autoridades.

    Lo fundamental aquí es entender que la corrupción no existe solo en las relaciones entre el Estado -o sus autoridades políticas- y los privados. También se da, y con al menos similares grados de complejidad, entre los mismos privados. Así, al menos parte de las mejores soluciones a estos problemas debieran provenir de este mundo, partiendo por gobiernos corporativos que asuman con convicción el desarrollo de culturas éticas como primera prioridad al interior de sus organizaciones, tanto en el discurso como en el ejemplo y la acción.

    Como los riesgos existen en la relación entre actores, sean estos del mismo o diferente sector, los pasos a dar para minimizarlos también debieran ser colectivos, apostando por una construcción conjunta de culturas éticas y de cumplimiento interempresas y también al interior del Estado. El rol de los gremios empresariales, en este sentido, tiene un enorme potencial como promotor de buenas prácticas y trabajo conjunto con una mirada puesta en el bien común.

    El que exista un número importante de ejecutivos que por un lado justifiquen conductas poco éticas pero al mismo tiempo sean extraordinariamente rigurosos en otro tipo de asuntos, habla de un desbalance valórico en el ejercicio empresarial. Finalmente, los valores y convicciones que determinan las decisiones de las personas en todo orden de cosas, así como lo aceptable, deseable, necesario, incorrecto o inaceptable, debieran ser los mismos.

    La corrupción es, finalmente, un fenómeno cultural ante el cual Chile no ha sucumbido, pero frente al que parecemos estar cada día menos optimistas y sentirnos más frágiles. Todo indica que son las empresas enfocadas en el cambio cultural orientado a fomentar la ética y las mejores prácticas al interior de sus ecosistemas, las que podrán enfrentar con mejores herramientas estos desafíos y luego plantear, con el ejemplo, los caminos para que el resto del país pueda enfrentarlos también.

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