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El relato de la empresa chilena. Columna de Gonzalo Said, Presidente de Generación Empresarial, en Pulso

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Relato

El relato es fundamental para toda persona, institución o grupo, ya que a través suyo construimos identidad, proponemos visiones sobre el pasado, presente y futuro, y transmitimos valores y objetivos. Como tal, el relato moviliza, seduce, evoca, atrae o produce rechazo, a través de la activación de los sentidos y las emociones.

Además, está siempre presente: ya sea luego de una construcción explícita y profesional o de manera implícita y como resultado accidental de la acumulación de acciones, expresiones y cómo estas son percibidas por cada uno de los públicos o personas a las que alcanza.

¿Cuál es el relato de la empresa chilena hoy? Hagamos primero algo de historia para comprender el camino recorrido.

Desde los años 80 hasta bien entrada la década pasada, la lógica era simple: la rentabilidad y la autorregulación eran los ejes de todo discurso, propuesta y acción empresarial. La ventaja es que se trataba de un relato consistente, que mantenía el rol de las compañías acotado a su propio espacio.

Los ejecutivos y directores conocían sus responsabilidades y desafíos, y la sociedad sabía qué esperar de ellos. Pero la empresa creció y desbordó sus propias fronteras, comenzando a actuar en otros ámbitos de la sociedad: el discurso se tornaba insuficiente.

La primera respuesta llegó hace poco más de una década a través de la Responsabilidad Social Empresarial (RSE), que propuso un relato sobre el rol de las compañías en sus nuevos ámbitos de influencia. El “qué hacemos” se engrosó con más responsabilidades y desafíos, respondiendo así adecuadamente a los nuevos públicos y espacios de acción, pero no a las expectativas sociales.

Lamentablemente, el relato en cuestión no siempre resultó ser coherente con la acción. Esto último, en parte, porque el entusiasmo de los jóvenes profesionales que impulsaron estos temas no logró permear suficientemente las conciencias de altos ejecutivos, directores y dueños, quienes con sus decisiones y ejemplo son los que finalmente definen las culturas corporativas.

Tras la serie de escándalos empresariales de la última década, hoy estamos en una etapa de reacción e introspección: de revisar lo hecho, de identificar errores y aciertos, de volver a reconocerse, de descubrir los valores sobre los que opera cada empresa; de diseñar los caminos para construir conciencia ética en cada nivel de la organización.

Este cambio va de la mano de jóvenes ejecutivos, directores y dueños, y exige convicción de que transformarse y evolucionar es necesario no sólo para cumplir con el rol social que hoy se demanda de la empresa, sino también para sobrevivir en el nuevo escenario.

En este contexto, la ética ha cobrado renovados bríos y se ha ido incorporando de manera lenta pero consistente en el centro del relato de la empresa chilena. El cómo se hacen las cosas es hoy tanto o más importante que el qué se hace, y ser una empresa humana y enfocada en el bien común tiene un enorme valor para los propios colaboradores, así como para los clientes, proveedores y la sociedad en su conjunto.

Pero antes de comunicarse, este cambio debe estar encarnado en la cultura y en la práctica del día a día corporativo: verse, sentirse, vivirse. Sólo así se puede construir un relato consistente y capaz de sobrevivir las pruebas económicas, sociales y políticas. En este punto está la empresa hoy: entendiendo y emprendiendo estos desafíos, aun con la tarea incompleta y muchas dudas en mente.

Si la primera etapa fue sobre el qué hacer y la segunda acerca del qué más hacer para responder mejor al nuevo rol de la empresa, esta nueva etapa se centra en el cómo hacer: para el bien de la empresa, quienes trabajan en ella, la comunidad donde está inserta, el medioambiente y la sociedad que la alberga.

La evolución histórica del relato nos lleva a hacer mejor las cosas, con conciencia ética, sentido de responsabilidad social y capacidad de sopesar cuánto afecta a otros lo que la empresa hace o deja de hacer.

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