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La nueva productividad: columna de Nicholas Davis, VP de Generación Empresarial, en La Tercera

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El ciclo del cobre se ha ralentizado. El auge que por tantas décadas tuvieron los commodities se encuentra en un periodo descendente a nivel mundial, lo que presenta un desafío interesante para Chile y los países emergentes en el ámbito de la productividad y el desarrollo de nuevas industrias.

En el último Enade, la Presidenta Bachelet anunció que 2016 será “el año de la productividad”, invitando a un trabajo conjunto entre gobierno y sector privado para llevar adelante una agenda que permita concretar con éxito este cometido. Por supuesto, esto tanto en las grandes empresas como en las pequeñas y medianas.

Es en la situación de baja productividad relativa de estas últimas donde se encuentra, según los expertos, una de las mayores fuentes de riqueza potencial para Chile. Y es que la superación de esta crisis, de la mano de la innovación, puede traer un impulso de crecimiento pocas veces visto en nuestra economía.

Todos concordamos en que, en tiempos críticos, estudiar las formas de aumentar la productividad es de máxima relevancia. Sin embargo, el cómo logramos dicha productividad es igualmente central. En los tiempos que corren, escándalos empresariales mediante, la productividad se juega también en los valores, en el hacer las cosas de manera correcta, con consciencia del impacto que tiene mi quehacer en otras personas, en la sociedad, en el país. En pocas palabras, con sentido de bien común. La manera en que se alcanzan los resultados es tanto o más importante que los resultados mismos: la praxis tiene una relación innegable con la legitimidad y sustentabilidad de cualquier organización.

Por todo lo anterior es que una agenda de productividad moderna y alineada con el siglo XXI debe tener como componente esencial una preocupación por la forma de hacer empresa y relacionarse con las personas, colaboradores, comunidad, entre otros stakeholders. Este es un desafío de cambio cultural, que exige liderazgos valóricos; afrontar las adversidades con creatividad y fortaleza; compromiso con hacer bien el trabajo; sentido de cooperación, es decir, saber que solos no podemos lograr los objetivos; excelencia e integridad.

En otras palabras, la productividad en este siglo no tiene relación solo con recetas probadas de éxito, tecnología de punta, capacidad de rendimiento, optimización de recursos, eficiencia, eficacia, entre otros. Principalmente, remite a actitudes y conductas virtuosas que van consolidando una cultura basada en la ética y las buenas prácticas. Esto reditúa en mayor productividad, sin duda, pero no productividad a secas, sino productividad sustentable.

Se dice que dejamos atrás la era del conocimiento, para entrar de lleno en la del comportamiento, donde los protagonistas son las personas. Esperamos que la agenda que construyan el Gobierno y el sector privado las sitúe a estas y a sus capacidades como eje fundamental de una agenda exitosa de productividad nacional.

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