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Legitimidad empresarial en tres actos. Columna de Paula Valenzuela en Diario Financiero

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Mucho se ha discutido sobre la crisis de legitimidad que atraviesa el empresariado, pero poco se ha hablado sobre los impactos que está teniendo en la acción de las empresas, su proyección en el tiempo y condiciones para hacer negocios. Ilustraremos lo anterior a través de una historia en tres actos:

Acto 1: El presidente de una gran compañía visita una localidad rural para inaugurar nuevas instalaciones. Se reúne con pobladores y les explica los beneficios que ello traerá a la comunidad. Al encontrarse con el alcalde, éste manifiesta su certeza de que las grandes empresas abusan de los chilenos y califica su presencia ahí como un “intento de lavado de imagen”. El ejecutivo retruca que detrás de esta acción hay un compromiso genuino con las comunidades donde operan, tiene cómo probarlo. El edil simplemente no cree en sus palabras.

Acto 2: Tras una ola de robos en tiendas de la empresa ya mencionada, se opta por bóvedas de seguridad para resguardar los productos y la seguridad de colaboradores y clientes. En un nuevo intento por sustraer las especies, la banda de ladrones es por fin detenida. En la formalización en tribunales, uno de ellos arguye que lo suyo es un acto de justicia: las empresas roban a los ciudadanos y no hay nada de malo en robarles a ellas. Si bien reconoce el delito como tal, el juez valida la lógica tras el argumento. Quedan en libertad vigilada a la espera del juicio.

Acto 3: El área de servicios de la misma compañía ha visto aumentar notoriamente tanto el atraso en los pagos como el cese de estos por parte de los clientes. Eso ha vuelto menos rentables las líneas de negocio basadas en la confianza en el consumidor. Al indagar la lógica de los deudores, se descubre que la rigurosidad en el pago ya no está entre sus prioridades. Algunos, incluso, se enorgullecen de su “vuelta de mano a empresas abusivas”.

Los hechos aquí relatados son reales y relevan que la legitimidad empresarial no es un concepto meramente simbólico. Por el contrario, su deterioro tiene efectos concretos, de gravedad creciente, porque ahí se juega la confianza que sustenta el mercado.

Pero esta legitimidad no se construye en solitario: el actuar de una empresa afecta siempre a las demás. Por ello, el interés sobre lo que hacen los pares, y cómo lo hacen, debiera encabezar las preocupaciones de gobiernos corporativos y gremios. Solo en la medida en que la empresa cumpla su rol social con una mirada ética, ayudará a recobrar la confianza en el sistema. Un escenario de negligencia, en cambio, perpetuará esta historia con grados mayores de complejidad.

Es un hecho que como sociedad necesitamos a las empresas para crecer y desarrollarnos. Si ellas no se cuidan a sí mismas y nosotros tampoco lo hacemos, perdemos oportunidades, bienestar y potencia país. Es responsabilidad de todos, por lo mismo, no solo criticar lo negativo sino buscar caminos y destacar los esfuerzos que muchas organizaciones están haciendo para darle un giro radical a su deteriorada relación con la ciudadanía.

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