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“Lo nuevo no es el problema sino la solución”. Columna de Paula Valenzuela en diario Pulso.

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Además de mostrar con mucho detalle la crisis política en lo que respecta a los liderazgos y la confianza, la encuesta CERC-MORI, recientemente publicada, revela la preocupante imagen que tienen los chilenos de los empresarios. Pero, gracias a que la encuesta ha preguntado lo mismo a través de varios años, podemos ver que tal percepción no es nueva. Es más, ni siquiera ha sufrido un empeoramiento explosivo en la última década.

Hoy solo un 2% de los encuestados considera “honestos” a los empresarios chilenos. Pero lo cierto es que, desde 1997, el porcentaje nunca ha superado el 6%. Un 7%, en tanto, piensa que “se entienden con su personal”, porcentaje que encontró su máximo en 2003 con 16%. Un 12% los define como innovadores; el máximo alcanzado en este indicador es de 15% en 2004. Un 18% cree que son competentes; un 35% los considera enemigos de los sindicatos y un 42% como explotadores. Un 68%, finalmente, dice pensar que el único interés que los mueve es ganar dinero.

Estas cifras deberían llevarnos a cuestionar la idea, ya instalada, de que la mala evaluación de los empresarios es un asunto que tiene que ver con la contingencia; que está ligada a escándalos y situaciones críticas puntuales, y que podría disminuir en la medida en que se aquieten los ánimos revueltos que imperan hoy en Chile. Más bien, nos parece que hay que abordarla como una condición crónica y de larga data.

Lo nuevo, entonces, no sería la mala evaluación o la mala percepción. Lo realmente nuevo es que la deteriorada imagen de los empresarios frente a la ciudadanía solo recientemente se ha traducido en una disminución de la legitimidad social para hacer negocios. Lo nuevo es, asimismo, el poder que ostentan comunidades locales y grupos de interés para influir en la aprobación, funcionamiento e incluso clausura de actividades económicas.

De lo anterior se deduce lo urgente que es modificar aquellos factores que podríamos sindicar como causantes de esta enfermedad que corroe al sector y que ha alejado a la empresa de su rol social, deshumanizándola ostensiblemente. Ha faltado capacidad para establecer vínculos sólidos y de confianza con la ciudadanía; no se han comunicado apropiadamente los aportes que la empresa hace al bienestar de las personas; ha habido incapacidad de autorregularse y autoexigirse más de lo normado por ley; modesto ha sido, también, el desempeño de los líderes empresariales en la creación de visiones valóricas y éticas comunes, al interior de sus propias organizaciones y del sector privado en general. Con ello no ha habido un relato empresarial que tenga como base los principios que mueven a la empresa y legitiman su rol social.

La verdadera sanación, dicen los buenos médicos, no pasa por tratar los síntomas, sino el origen del mal. En el caso de las empresas pasa por tener la convicción y el compromiso suficientes para cimentar las bases de organizaciones más conscientes, éticas, respetuosas y alineadas con la realidad y necesidades de la ciudadanía.

*La autora es gerente general de Fundación Generación Empresarial.

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